Su entusiasmo era tan efímero que borraba las sonrisas de aquellos que se encontraban a diez kilómetros a la redonda. Los escasos momentos de alegría acababan siempre enturbiados por los viejos encuentros, más bien desencuentros. Tenía una predisposición negativa hasta el extremo, atrayendo las catástrofes como un imán. En su piel se veía grabado el estigma de un pasado lluvioso, pesimista.
Ahora mata el tiempo perdido dibujando sus propios soles, disfruta retando a las casualidades, apostando diez contra uno a favor de su mínima posibilidad, creando su propia suerte. Camina las horas desde un rumbo improvisado, saliendo hacia delante: alguien le dijo que no había otra dirección.
No hay comentarios:
Publicar un comentario