domingo, 27 de noviembre de 2011

Mi abuelo siempre dijo que las buenas mañanas de domingo empiezan con tres compañeros de vida: cigarrillo, café y periódico. Para él los secretos del triunfo se limitaban a los siguientes: sencillez, caridad y fe en Dios. Y con ese equipaje bajo un brazo y algo de paciencia bajo el otro, cabalgó durante noventa y ocho años en la Tierra que lo vio nacer.

Aprendí con él que el cuento de que dos más dos son cuatro, es verdadero solo en un diez por ciento de las ocasiones, y que la ciencia es un juego de niños, un instrumento y no un fin, porque con ella no se puede saber lo que realmente importa.

Con él descubrí que las horas de colegio se pasaban más rápido si al salir por la puerta de casa dibujabas una sonrisa en tu rostro. Mi abuelo me enseñó a reírme de mí misma antes de que los demás se me adelantaran. Impuso las cenas familiares de los sábados y las interminables partidas de dominó. Por él conservo el hábito de luchar contra molinos, ya que fue mi don Quijote. Me demostró que un beso no suele ser mal recibido, y que si alguien intenta herirme, solo merece mi compasión, nunca mi odio.

Ahora entiendo por qué decía que lo rápido que se te pasa el tiempo con una persona, es directamente proporcional a cuánto le aprecias. Y recuerdo aquellas tardes en su casa con meriendas de chocolate, el televisor encendido de fondo y los dedos manchados de tinta al hacer los deberes. Siento mis manos llenas de crema entre las suyas, y cómo me examinaban atentamente sus ojos azules.

Para cualquier persona en este mundo, mi abuelo fue un hombre corriente con pensamientos corrientes, pero para mí será siempre la mayor aspiración, un símbolo y una explicación al sentido de vivir. Una explicación de esas que no pueden transmitirse con palabras.

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