Su piel es negra y lisa, pulida por la lija que es la arena en el desierto. Ojos grandes, como cristales mágicos y redondos. A través de ellos inventa, sueña, pero también mira. Una sonrisa que salga de sus labios te quitará la respiración. En su interior, sin embargo, habitan tormentas incansables, de esas que jamás vivirás si tienes suerte. De esas que rezarás para no tener que pasar. Cuando menos se lo espera, sabe que llegarán relámpagos que la cegarán. Se acurruca en un rincón donde se aferra a sus recuerdos felices. Y entonces saldrán lágrimas de esos ojos profundos. Y te parecerá mentira que todavía le queden.
Pero no te preocupes, la tormenta siempre pasa, pequeña, y el sol volverá tarde o temprano. El calor del desierto curará tus heridas. Secará tus cicatrices para que tus pensamientos vuelen con las mujeres rubias que ves en el enorme televisor de la aldea. Una cárcel de tela no dura para siempre, sobre todo si sus barrotes son levantados por los hombres que creían poseerte.
Brillan los segundos cuando te imaginas bailando sobre un par de tacones, soñando con el día en que tus labios puedan susurrar la palabra libertad, el día en que a tus besos les mueva el amor en vez del miedo.
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